Anécdota inexplicable en el Castillo de Piria
En ocasiones, a lo largo de nuestra vida, nos ocurren sucesos a los que, incluso con el pasar de los años, no podemos otorgarle una explicación lógica. En el momento nos impactan, para luego dejarnos carcomiendo la mente tratando de encontrar respuestas, hasta que finalmente nos rendimos y quedan como una anécdota lejana, pero imposible de olvidar. Precisamente hoy vengo a compartirles una historia real que nos sucedió en familia y dejó pensando hasta al más escéptico de los integrantes...
Fue un día muy caluroso, demasiado para ser octubre debo destacar, cuando nos encaminamos en grupo (mis padres, hermanas, una amiga de la familia y su hijo) hacia la ciudad de Piriápolis. El motivo del viaje era el Día del Patrimonio, y como buena amante del misterio insistí en que debíamos visitar el enigmático Castillo de Piria. Cualquier conocedor de lo paranormal en Uruguay sabe que ese lugar tiene sus historias.
Cuando llegamos, ingresamos por la puerta principal y comenzamos el recorrido por las antiguas instalaciones que aún conservan el mobiliario original. Dentro del castillo seguía haciendo calor, un poco menos que afuera quizás porque las construcciones grandes suelen ser más frescas. Caminamos por los blancos pasillos y entramos a distintas habitaciones. Resultaba fascinante estar en ese lugar, pues era como un viaje en el tiempo. Siempre se siente una vibra diferente en edificios antiguos, y esto aumentaba más conociendo la misteriosa historia del propio Francisco Piria, fundador de Piriápolis y dueño de esa residencia. Sin embargo, no estábamos preparados para lo que experimentaríamos al cruzar el umbral que llevaba a una especie de pequeña capilla dentro del castillo...
"Congelados"; sí, esa era una buena palabra para describir lo que sentimos tanto física, como mentalmente. La capilla era ridículamente fría en comparación al resto del castillo. Ese brusco cambio de temperatura nos dejó impactados a todos por igual, y la energía de esa sala en particular tampoco se quedaba atrás. Se sentía un aire pesado, como si el inhalar fuese una acción en vano; no era un lugar para nada agradable de estar. Nos lanzamos miradas en silencio entre todos, como si quisiéramos expresar lo incómodo que estábamos pero sin querer hacerlo en voz alta por alguna razón.
Pero lo extraño de esa capilla no termina ahí...
Dentro de la sala habían unas personas peculiares que llamaron nuestra atención enseguida: un grupo pequeño que decía ser de actores de teatro. Aún conservaban sus llamativos disfraces puestos, pero confesaron que ya habían terminado supuestamente una función y se encontraban guardando la utilería para marcharse. A pesar de parecer amables no nos conversaron mucho más. La tensión y la incomodidad iba acumulándose, y como ya no soportábamos la extraña energía de la pieza, decidimos marcharnos.
Nuevamente en el calor abrasador de afuera, mientras bebíamos agua bajo los árboles, no pudimos evitar tocar el tema de la experiencia vivida en esos últimos minutos dentro del castillo. Absolutamente todos concordamos que había sido raro. Incluso mis padres, los seres más escépticos ante lo paranormal o lo inexplicable, admitieron haber sentido algo, pero no expresaron más. Sin embargo, mi hermana mayor, el hijo de la amiga de la familia y yo no podíamos dejar en la nada aquello vivido, la curiosidad era tan grande como el miedo, así que nos armamos de valor y decidimos volver nuevamente. Entre risas y adrenalina desprendida del miedo, íbamos conversando sobre lo mucho que queríamos volver adentro, a ver si sentíamos otra vez lo mismo, sacar fotos con la esperanza de captar algo, e incluso bromeamos con que los actores podrían haber sido espíritus. A veces creo que muy equivocados no estuvimos.
La sorpresa más grande nos llevamos al entrar y llegar a la vieja puerta de la capilla para encontrarnos con... nada. Estaba totalmente cerrada, a candado, dando la sensación de que no había sido abierta en mucho tiempo, o que no debía siquiera ser abierta... El desconcierto fue enorme, pues no habían pasado más de unos minutos entre que habíamos salido fuera y vuelto a entrar. Más aún, tampoco alcanzamos a ver realmente en ningún momento a aquél grupo de teatro salir por la puerta principal, con sus distintivos disfraces. Tampoco comprendimos por qué habrían cerrado únicamente la puerta de la capilla, si el castillo seguía abierto a todo el público y aún era temprano en la tarde ese Día del Patrimonio.
Recordar esta historia aún me provoca un frío similar al que sentí en la capilla y me pone la piel de gallina. Quizás todo esto ocurrido ese día tenga una explicación lógica, pero, como mencioné al comienzo, cuando no puedes encontrar respuestas terminas rendido a la anécdota. Y acaso ¿no es mejor así?...
Comenta aquí debajo si has tenido experiencias similares que hasta el día de hoy te dejen pensando, o si has visitado el Castillo de Piria y también sentiste algo... diferente. Por mi parte me despido hasta el viernes. Buenas noches.

Muy interesante
ResponderEliminarMuchas gracias!
EliminarChills literally chills 😬
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