El liceo IPOLL: ¿te atreves a pasar una noche en él?


Ubicado en la ciudad de Salto, capital del departamento con el mismo nombre, se encuentra un liceo que a simple vista no tiene nada diferente a cualquier otra institución educativa, pero que, al caer la noche, recibe unos estudiantes un poco... distintos.

La primera vez que oí sobre el Liceo IPOLL estaba casualmente cursando la secundaria. Ahí fue donde conocí a mi mejor amiga y descubrimos que teníamos en común, entre muchas cosas, el disfrute por las historias de terror. Si bien hacía años que ella vivía en el departamento de Maldonado, realmente era salteña, y fue imposible que no se tocara en algún punto, entre conversación y conversación, la historia de este particular liceo. Desde que escuché sobre el lugar siempre he querido visitarlo, y estoy segura que luego de que conozcas lo que sucedió (y sigue sucediendo), también querrás visitarlo. O puede que no.

Si viajamos en el tiempo unas décadas atrás, más precisamente a la década de los ochenta, encontraremos un punto de quiebre que cambió la manera en que la población de la ciudad veía al aparentemente inofensivo liceo. 

La popular historia comenzó cuando el personal de la institución reportó que constantemente se encontraba material del laboratorio destrozado, y como única explicación, se supuso que probablemente durante la noche ingresaran jóvenes a realizar vandalismo. Resultaba extraño pensar que pasase esto, pues en aquella época la delincuencia solía ser muy baja, sobre todo en el interior del país; más era la manera más razonable de justificar dichos hechos. Al menos de manera lógica...

Tras denunciar a las autoridades el constante suceso, la policía decide colocar tres guardias de seguridad para vigilar el perímetro del edificio durante la noche. Sin embargo, se resolvió más tarde que quizás con un solo guardia bastaba, así que el trabajo de patrullaje nocturno terminó quedando en manos de una sola persona. Y es, pues, a partir de aquí que todo empeora.

El invierno tuvo que llegar inevitablemente. Las gélidas noches en el litoral norte uruguayo eran en verdad crueles para el pobre y solitario guardia de seguridad. Tanto así que solicitó que se le autorizara a llevar a cabo el patrullaje desde dentro del liceo, obteniendo una respuesta afirmativa a tal pedido. De esta manera, el guardia comenzó a pasar sus noches paseándose de este a oeste, y de arriba a abajo por las oscuras instalaciones del IPOLL. 

Todo marchaba aparentemente bien. Las noches pasaban y pasaban, pero el guardia, afortunadamente, aún no había tenido necesidad de enfrentar ningún grupo de vándalos. Sin embargo, la paz se vio interrumpida una noche repentinamente, cuando se encontraba custodiando el segundo piso. El hombre pudo advertir ruidos que provenían de la primera planta y sin pensarlo se encaminó con prisa hacia allí. Bajó las escaleras y pudo distinguir con más claridad dónde se originaba el escándalo: el laboratorio de biología. 

Cuando se encontraba frente a la puerta notó que esta estaba abierta, así que instintivamente retrocedió para prepararse. Desenfundó el arma cargada que portaba consigo en todo momento, y con firmeza en su voz procedió a preguntar: "quién anda ahí?". 

No hubo respuesta.

Decidió, entonces, adentrarse en la pieza, lenta y sigilosamente, pues no tenía idea de lo que encontraría dentro... realmente no la tenía.

Tras pasar el umbral de la entrada, la puerta se cerró violentamente detrás de él, como suele ocurrir cuando hay una corriente de aire, solo que, en este caso, no había ninguna. Y, de repente, sin aviso alguno pasó lo impensable: el material del laboratorio empezó a volar desde sus instantes, como si una fuerza invisible los arrojara con ira, para estrellarse contra la pared, el techo y el suelo. El policía no tuvo siquiera tiempo de detenerse a pensar sobre lo que sucedía, por más shockeante que fuera lo que sus ojos le estaban mostrando, solo corrió a refugiarse bajo una mesa para evitar salir lastimado de ese increíble espectáculo.

Cuando todo se calmó al fin, el pobre guardia aterrado escapó a toda velocidad hacia afuera del liceo, e inmediatamente llamó a sus compañeros para pedir refuerzo, o más bien algo de compañía. Llegaron minutos más tarde al lugar dos policías que, al ver el estado de nervios en el que se encontraba su compañero, decidieron llevarlo al hospital. Posterior a eso, los dos policías optaron por volver al centro educativo para poder ver qué pasó como para que aquél hombre terminara en ese estado de confusión y ansiedad.

Al volver al IPOLL, comenzaron su exploración por las instalaciones, hasta que uno de ellos llegó al salón de los hechos. Allí encontró lo que terminó por confirmar como verdadera la experiencia del anterior guardia: todo el material estaba destrozado y yacían en el suelo los filosos vidrios como resultado. Apenas estuvo ahí un momento cuando salió súbitamente corriendo despavorido hacia donde se hallaba su otro colega, no por los pedazos de material roto, sino porque, según cuenta este policía, dentro del laboratorio también había visto algo más...

Luego de tal suceso, ambos se dirigieron a la jefatura de policía a reportar todo lo que había ocurrido esa noche, pero su superior, como era de esperarse, no creyó en las barbaridades que le estaban contando. Les ordenó que volvieran nuevamente al liceo, pues alguien debía hacer la guardia. Sin embargo el par de policías se negó rotundamente a esto, por lo que el jefe terminó yendo personalmente, cansado de las advertencias y excusas absurdas. Un policía que estaba en la comisaría, oyendo la situación de sus colegas, se ofreció a acompañar a su jefe y entonces, por segunda vez en esa interminable noche, otro par se dirigía al IPOLL.

No cabe duda que hay que ver para creer, y esto precisamente fue lo que pasó con este nuevo dúo de oficiales. Cuando lograron percatarse, ya estaban huyendo de lo que describen como una sombra negra que los perseguía, a la que los disparos que se le lanzaron no le hacían efecto alguno.

Si bien hoy en día, desde la jefatura de policías en la ciudad de Salto, se niega que estos hechos hayan sucedido, nadie nunca más se atrevió a montar guardia en el liceo IPOLL. Además, desde el personal del centro educativo se toman precauciones todas las noches, pues no se deja ningún material fuera de las vidrieras, las cuales también son cerradas con llave. 

Hay tanto estudiantes como profesores que afirman haber escuchado ruidos de sillas arrastrándose, especialmente al caer la noche. Tampoco faltan quienes cuentan haber sentido una brisa fría pasar cerca de ellos, que les ha erizado la piel. Se requiere, además, valentía para mirar espejos, pues nunca sabes cuándo veras pasar la sombra...

No se conoce aún por qué suceden estos fenómenos justo en este centro educativo. Algunos utilizan como explicación el cliché de haber sido "construido sobre un cementerio"; pero, teniendo en cuenta la intensa actividad paranormal que contiene dentro de sus paredes, podría hasta parecer la respuesta más acertada. Más no cabe duda que se requiere coraje para estudiar o trabajar en un lugar así, sobre todo en el turno nocturno.

Y tú, ¿te atreves a pasar una noche en el liceo IPOLL?

Si te gustó esta historia házmelo saber en los comentarios y, si eres de Salto y llegaste a estudiar en este liceo, ¡cuéntame tu experiencia! 

Por lo pronto, eso es todo por este martes. ¡Buenas noches! 

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